A pesar de sus limitaciones como escritor, creo que a Lovecraft sí que hay que reconocerle su mérito, al menos en el ámbito del fantástico. A Lovecraft le fascinaba el siglo XVIII, el siglo de la Razón, el siglo de las Luces. Todos sabemos que la novela gótica, como apéndice de la corriente romántica, supuso una rebelión contra la razón, contra el cientifismo incipiente que despuntaba en los albores del XIX. Frente a tanta explicación lógica, frente a un mundo que perdía a pasos agigantados sus “terras incognitas” la gente necesitaba asustarse con lo irracional, con lo no-explicado, con ese subconsciente con el que un médico vienés se haría un lío décadas después.
Sin embargo conforme avanza el XIX el relato de terror se va “sofisticando” se pasa de los fantasmas risibles de cadena y sábana a los horrores intangibles o surrealistas de Maupassant y de aquí a los fantasías dunsanianas.
Cuando Lovecraft empieza a escribir ya nadie se asusta de un fantasma gótico, los monstruos y horrores decimonónicos se han guardado en el armario. Ya Machen se ha dado cuenta, empieza alejar al horror de la ruina y la telaraña y comienza a situarlo en un segundo plano, sólo parcialmente velado por una realidad bucólica y campestre.
Pero Lovecraft da un paso más, recordemos, amaba la razón, amaba el siglo de las luces, probablemente había leído a Pascal, que ya había expresado el horror supremo ante el vacío cósmico. Y sobre todo, Lovecraft se interesaba por la ciencia de su tiempo, y descubre, al principio perplejo y después entusiasmado que hay una serie de personas que están sacando a la luz una visión del universo insólita, impredecible, definitivamente caótica. ¿Se trata de una nueve corriente de iluminados? ¿De unos nuevos literatos revolucionarios del fantástico?... Para nada: son unos señores tremendamente racionales, la mayoría de raigambre teutónica y nombres impronunciables, que están desvelando que detrás de la realidad que nosotros contemplamos se esconde un mundo de partículas caóticas de las que no se puede saber si están aquí o allí, de paradojas espacio-temporales, de rectas que se curvan en el infinito, de gatos encerrados en cajas que pueden estar muertos y vivos a la vez…
Así a partir de aquí, Lovecraft comienza a elaborar una obra en la que combina a Heisenberg, a Schrodinger o a Einstein con libros mohosos, mesetas centro-asiáticas y dioses amorfos moradores de singularidades físicas y revoluciona el relato de terror, que ya nunca será igual.
Hasta aquí bien. La idea es excelente. Lo que ocurre es que literariamente Lovecraft es algo limitado y como bien apuntaba el amigo Farseer, cuando comienzas a leer un relato suyo, no por casualidad casi siempre protagonizados por eruditos y/o científicos, el punto está en saber cuando va a empezar a hablar de geometrías no-euclidianas, de los libros mohoso-arcano-esotéricos de rigor o del horror innombrable de turno. Pero ahí está la gracia ¿no?, es como ver por enésima vez una película de esos genios llamados Pajares y Esteso o leer un tebeo de Mortadelo, dices: “joder, ya esta con la frikada de turno archirepetida pero cómo me lo paso leyéndolo!!
Por cierto, y un poco aparte, nunca me cansaré de repetir la perplejidad que me causa el tratamiento que el cine, concretamente la industria de Hollywood, ha dado hasta ahora a Lovecraft. Me extraña que no haya surgido ya el Peter Jackson de turno que haga cinematográficamente hablando con Lovecraft lo que se ha hecho con Tolkien. Cuando salga, tenemos Lovecraft hasta en la sopa…

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